12.22.2009

Cerré los ojos y sentí la tranquilidad. Las cenizas palpitaban allá en el fondo, debajo, en la inmensa profundidad. Sentí el olor a quemado, el recuerdo. Siempre quieren volver, saben que el humo libera memorias. Pero esta vez el tiempo es otro y hemos construido nuevas defensas para seguir existiendo.
Entonces pude cerrar los ojos, sentir la paz, recostarme en las paredes curvas de mi lugar. Todo el verde de la vegetación, todo el negro de un cielo salpicado de estrellas, todo el violeta de una columna de luz inmensa, poderosa, esperando a que la necesiten, reflejándose en cierta agua que se mueve por el piso de tierra, cristalina y suave. Pensé en las cenizas y en cómo palpitan pero no vuelven a crear un fuego completo.
El fuego, ahora, viene de otra parte. El fuego ahora es el poder de ser algo verdadero. El poder del reencuentro con los pedazos olvidados en el tiempo, con aquella semi-existencia de morondanga plagada de agujeros negros. El fuego crepita, y se puede tomar entre las manos. Y si prestás atención, si cerrás ojos y lo acercás a un oído, se oye claramente cómo palpita un corazón.

12.21.2009

La fotografía está en blanco y negro. Cada uno de los años transcurridos se expresan en ella, fieles, dejándose ver y quedando a la orden del observador. La miro. Me miro. Me encuentro pensando mil veces si será, si seré.
Las imágenes son varias y entonces puedo observar diferentes momento, diferentes gestos, distintos sentimientos que se ilustran. La mirada grave, las cejas pobladas y expresivas, la melancólica textura de su cara, los labios firmes y profundos. La cara ancha, la frente grande, el pelo corto. El uniforme. La señal de quién se es, esa mancha horrible en el brazo, ese símbolo de millones de muertes. ¿Quién sos? ¿Porqué sos?
Después, lo anecdótico: el misterio, la supuesta estupidez, la timidez, el paracaídas. Todo. Lo que no sé y lo que quiero creer que no fue. Pero fue.
Suspendo la observación por un rato. Caí en la cuenta de que me estuve señalando con un dedo acusador y rostro asqueado todo este tiempo, sin darme cuenta. Yo era el mismísimo blanco para la flecha que, creí, iba a derribar a otros. Pero no. Cuando la lancé, convencida, me trasladé directamente al punto de impacto, y desde ese momento acá estoy, con una herida en el pecho y todas esas verdades que juntas destruyen una única mentira.

12.11.2009

Hay una Alicia en el país de las atrocidades comiendo un pedazo de torta gigante. Oh, qué delicia, dice con satisfacción y se quita de los labios un par de migas olvidadas. El individuo a su lado usa un gran gorro y una corbata, nada más. Todo su cuerpo está libre de vestiduras. Alicia bebe un sorbo de té caliente y extremadamente dulce y lo mira de reojo, pensando.

Vous voulez un morceau de gâteau? O una taza de té. O un manjar cualquiera, a su elección. Ne soyez pas timide. Lo único que podemos hacer con toda esta soledad y estas ganas de arrancarnos la piel a tirones es disfrutar. Porque, sí, se aprende a disfrutar lo que es bien macabro.

Usted no es Alicia, dice el individuo desnudo mientras, con refinados ademanes, procede a servirse una taza de té. Yo a Alicia la conozco, y no es como usted. Todo ese pelo negro enrulado... no, no se parece. Alicia, además, es una niña. Y usted... nada que una mujer que no aparente. Lies pour des imbéciles, pas pour moi.

La torta está incompleta, perfecta para la foto. Alicia está sonrojada, perfecta para rendirse. El individuo estuvo siempre desnudo, perfecto para vencer. Se acomoda el gorro, susurra un canto de media tarde, toma un sorbo de té con el meñique extendido, se acerca al oído de esta Alicia crecida y maleducada y le dice, bajito: Il est temps de se réveiller.

12.03.2009

No. No tiene nada que ver con encontrarse o perderse, o con el arroz con leche. Hace tiempo, mucho antes de que estés sentado en el escalón, que estas cosas se cuecen en las ollas de todos. Porque todos, aunque no te parezca, estamos remando contra la corriente dentro del mismo remolino. Y nos peleamos con los mismos tiburones, y nos llevan río abajo las mismas correntadas.
No, no tiene nada que ver con querer quedarse o con querer irse lejos. Porque, de verdad, ¿a dónde irías?

No somos tan distintos. En el fondo, lo único que necesitamos es agachar la cabeza y permitir que nos acaricien la espalda. Pero hacerlo es, entonces, ceder. Y eso es lo que menos queremos. Llevamos años, miles de años, viviendo la fuerza interna que da el saberse rebelde. El no caer ante ninguna lucha, el vencer a vencedores que ni siquiera nos desafiaron a pelear. Pero les aplastamos la cabeza como cucarachas, los redujimos a finísimas cenizas que volaron con el viento. Y en el pisotón hallamos toda esta fuerza de gladiador. Todo este saber que no tengo que hacer caso.
Pero un día, quizás porque simplemente las correntadas son más fuertes que el individuo, empezamos a añorar el fondo del remolino, del cual alguna vez salimos. Y acá estamos, queriendo dejar de remar, soltarse y ser llevados, pero con un impulso monstruoso de seguir moviendo brazos y piernas.
Y cuando te decía que estábamos todos igual, era porque todos tenemos esas correntadas y esos impulsos. Y porque ya sea un trabajo, un amor, una compra, un beso, un arma o Dios, la verdadera naturaleza del ser humano sigue escondida detrás del traje de marinero que nos empeñamos en vestir cada día.

11.28.2009

Que si antes leí esto de la oscuridad y su mentira científica ciega, su nula validez de ser, su escueta verdad insignificante... no me acuerdo. Hablaban antes los hombres, y decían que, en realidad, la oscuridad no existe. Pero ahora es de noche, y toda la verdad es de ella. No podría mentirme. De verdad, mírenla: miren cómo se relame y se llena de saliva tibia que baja como un río eterno hasta el suelo. Entonces ya no sé de ciencia y de cuestiones empíricas, sólo sé de correntadas que arrastran y llevan y todo es cierto.
La pequeña luz flotando al lado de mi cabeza. El humo suave, seductor, extendiéndose como un hilo bailarín por el aire. Contando cosas. Habla muy bien del célebre fumador.
Y la paz, en un costado del cuarto, riéndose con esos labios rojos y ese sombrero de mujer distinguida que coquetea. Traicionera.
Busco el picaporte de la puerta y encuentro una sábana. Tiro, porque aún no acepto esto del sueño, y me caigo en mi cama sin lograr llegar al suelo. Puteo, porque a la gravedad yo le conocía hasta la bombacha, y entonces ella se enoja y me manda a flotar un rato.
Cuando mi nariz toca el techo, frío techo, comprendo. Me dan ganas de llorar. Quisiera haber podido darme a entender antes. Haber logrado conmover. Haber sido más sutil. Me gustaría tener el picaporte de todas las puertas que digan pase sin golpear. Pero sólo tengo sábanas y un par de ojos cerrados.


[(¿Por qué, después, lo que queda de míes sólo un anegarse entre las cenizas sin un adiós, sin nada más que el gesto de liberar las manos ?)]